Gloria Grahame hacía su entrada en la pantalla acompañada de un gemido de hot jazz, masticaba dulces, aplicándose lápiz labial en los labios hinchados, se atusaba de un tirón el pelo sucio y los pendientes de aro baratos, extendiendo sus piernas tonificadas para que podamos ver sus pies bien formados donde se recorta la correa en el tobillo de tacones altos.
MUJERES COMO ESAS. escrito por
jose luis alvite "Poseído por la lisérgica atracción de la fatalidad después de haber visto por enésima vez a Gloria Grahame en «Los sobornados», ya no me cabe ninguna duda: A una mujer así sólo vale la pena conocerla si estás seguro de que te va a dar motivos para lamentarte de haberla conocido. No era una verdadera belleza, ni lucía los vestidos como otras, y sin embargo es creíble que cualquier hombre perdiese la cabeza por ella. Tenía en la mirada algo turbio que la hacía parecer evasiva, dudosa o, implemente, culpable. Y vengativa. Las chicas como la Debby Marsh de «Los Sobornados» jamás se relacionan con hombres que les obliguen a reflexionar. Actúan por conveniencia y raras veces consideran sensata una decisión que no obedezca a un impulso. Con menos glamour que ella he conocido a unas cuantas en sórdidos locales de alterne. A una le reproché en cierta ocasión que tratase de deshacerse de buenas a primeras de un hombre que se había arruinado por ella. Su relación con aquel tipo le resultaba aburrida y sólo necesitaba un motivo para convertir su ruptura en una razonable venganza contra él. «No me pidas que reflexione y que deje enfriar la cabeza. La sensatez nunca me ha dado buenos resultados, ¿sabes? Tengo que vengarme de él como sea, aunque luego tarde años en dar con el motivo para haberlo hecho. En mi vida lo único que funciona con el frío es la nevera». «Pero la venganza…», quise interceder. «Déjate de monsergas –me atajó–. La furia es mas rápida que la Ley. No puedo enfriar. Si lo hiciese, correría el riesgo de que la venganza se degradase en justicia». Dicho y hecho, rompió con aquel tipo por teléfono mientras tonteaba con el recambio. El perdedor no dijo nada. Era un buen hombre, un tipo corriente, la simple víctima de una mala elección. Por lo que a mí respecta, resistí la tentación de liarme con ella. Aunque entonces respiré aliviado, ahora creo que fue un error evitarla. Con el tiempo comprendí que las mujeres que te hacen agradable la vida son más interesantes cuando, de paso que te la complican, también te la encarecen. Mi problema fue pensar que a aquella mujer sus caprichos jamás se le acabarían antes de que se me terminase a mí el dinero. Hoy no habría sido tan precavido. No me importaría que una mujer como Debby Marsh me dijese: «Fin de trayecto, cielo. A nuestro tren ya sólo le queda el humo de dos cigarrillos. No te quejes: Tu dinero me dará para unos días; mi recuerdo te durará eternamente»…
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